martes, 15 de noviembre de 2011

Geh - [Cap. 3: Difícil situación]

Autor: Kissy


- Por Bill -

Estábamos en una sala, jugando, todos menos, sí, exacto, ella.
Me dio un poco de frío, así que subí a buscar una chaqueta a la habitación de Magenta, luego me senté un momento sobre la cama y noté que había un papelero, dentro logré ver una carpeta y por fuera decía TOKIO HOTEL, la tomé y tenía muchas fotos de nuestra banda, pero la pregunta era ¿qué hacía en aquel papelero?, miré a la puerta y noté que estaba Magenta.

- ¿Qué estabas mirando? - preguntó mirando mis manos.
- ¿Por qué estaba esto en tu papelero? - le mostré la carpeta.
- Qué te importa, déjalo donde estaba - dijo y lo dejé encima de la cama.
- ¿Por qué dijiste que yo tenía la culpa de la muerte de tu mamá? - cambié exageradamente el tema.
- No tiene importancia - respondió sin mirarme.
- Sí es importante, porque me estás acusando de algo que no hice.
- Sí, por tu culpa y la de tu hermano mi madre murió, nuestro padre no nos quiso por ustedes y por esa razón mi madre murió - dijo muy enojada.
- Eso no tiene sentido.
- Tiene bastante sentido, y por lo visto mi padre ocultó que tenía dos hijos - cada vez estaba más enfadada.
- No entiendo de que me estás hablando - Magenta se quedó mirándome, tomó su chaqueta y se fue.

¿De que estaba hablando?, como si yo supiera mucho de ella, en todos los casos me da lo mismo lo que piense, porque mañana podremos salir de esta casa y nunca mas vería a Magenta.

Vimos la hora y eran la una de la Madrugada. Kurt estaba preocupado por Magenta, que no estaba en la casa. Todos nos sentamos en la escalera pensando dónde podría estar.
Había una habitación a la que nadie había entrado, me paré y me quedé mirando la puerta de esa habitación.

- No hemos revisado esa habitación - la apunté para que miraran.
- Pero… tienes razón, vamos a ver - dijo Kurt.

Subimos, y Kurt abrió la puerta que estaba con llave. Ahí efectivamente estaba Magenta, acostada y tapada con la chaqueta que tomó cuando terminamos de hablar. Kurt le pidió a Tom que llevara a Magenta a su habitación. Mientras Kurt le decía eso, noté algunas fotos, eran de una pareja, y en otras estaban Kurt y Magenta… si eran sus padres, era algo muy extraño, ya que la mujer no era la misma que la de el álbum que había visto. Quizás simplemente era otra mujer.

Luego de que Tom fue a dejar a Magenta a su habitación, Georg y Gustav se fueron a acostar. Tom, Kurt y yo nos quedamos jugando.

- ¿Por qué Magenta dice que su madre murió por culpa de Tom y mía? - Kurt se volteó a mirarme rápidamente.
- Eso dijo, pero si ni conocemos a su madre - dijo Tom y me miró con cara de extrañeza.
- No la tomen en cuenta - respondió Kurt.
- Pero Kurt, no te vallas, es que no lo entiendo - lo detuve.
- No hay nada que entender, ustedes no tuvieron la culpa, fue nuestro verdadero padre el que tuvo la culpa.
- Pero ¿qué tiene que ver con nosotros? - Kurt me miró con cara de enojo.
- Dije que no tiene importancia, y dejen de hacer preguntas.

- Por Magenta -

Por fin se habían ido, pero las malas noticias continuaron…

Llegaron algunas personas a buscarnos, para llevarnos a orfanatos separados, incluyendo a Sam, que se lo habían llevado a otro lado por que era muy pequeño.

Estaba acostada en mi nueva y asquerosa habitación, cuando llegó una mujer. Me llevó a una sala, ahí apareció un hombre que estaba con Kurt. Me quedé mirando a Kurt y corrí a abrazarlo.

- Él es nuestro verdadero padre - me susurró Kurt al oído.
- Ahora aparece - dije sin soltar a Kurt.
- Él vino a sacarte del orfanato, nos llevará a vivir con él - me di vuelta a hablar con mi “padre”.
- Prefiero quedarme aquí, antes de irme contigo.
- Créeme que a mi tampoco me gusta la idea de que se vallan conmigo, pero es lo que debo hacer - dij
o - nos iremos ahora a Alemania.
- ¿Y Sam? - Le pregunté a Kurt.
- ¿Quién es Sam?
- Sam es nuestro hermano pequeño - respondí sin mirarlo.
- Él no es mi hijo, así que no me lo llevaré.
- Él es nuestro hermano, si no se va con nosotros, nos quedamos aquí - dijo Kurt enojado.
- Quién te crees dándome órdenes.
- Soy un hijo al que nunca reconociste, me debes algo, ¿verdad?
- Okay, irá con nosotros, pero no sigan molestándome.

Odio a este hombre, quien lamentablemente es mi padre, por suerte adoptó a Sam.
Nuestros padres siempre pidieron que cuidáramos mucho a Sam y eso será lo que siempre haremos.

Llegamos a Alemania y nos fuimos a la casa de mi padre, él tenía una pareja quien era más simpática de lo que creía, nos llevó a una habitación donde tendríamos que dormir.

- No esta tan mal - comenté mirando a Kurt.
- Sí
, y lo mejor es que hay dos camas y somos tres. Creo que tendré que dormir con Sam - Kurt miró a Sam, Sam lo miró y se puso a reír.

Estábamos de lo mejor en aquella habitación, leyéndole a Sam para que se durmiera, hasta que llego mi fastidioso padre.

- Si llego a escuchar que ese niño llora, no lo dudaré y lo devolveré al orfanato - dijo mirándonos - ¿entendido?
- Sí - respondí y se fue.

Geh - [Cap. 1 & Cap. 2]

Autor: Kissy

Capítulo 1: Desconocidos

- Por Bill -


La primera vez que conocí a esta chica, ella era solo un bebé, y yo tenia 5 años. Su nombre no lo recuerdo. Era mi hermanastra, y la odiaba más que a todo en este mundo, al igual que a mi despreciable padrastro. Su madre era chilena. Mi padrastro, al igual que yo, éramos alemanes, por ello lo único que se me venía a la mente era ¡qué hacia ella con nosotros! Sentía que la odiaba, y hasta me sentía capaz de matarla.
Yo solo era un niño celoso, como cualquiera, pero mi madre no pudo comprender eso, así que me llevo a mí, y a mi hermano, a casa con papá. Seguí viendo a mamá y a mi estúpido padrastro, pero por suerte, aquella niña ya no estaba con nosotros. Se la habían llevado con su papá, gracias a ello, logré equilibrar el odio hacia mi padrastro.

Trece años después, comencé una gira por Europa, con la banda que estábamos yo y mi hermano Tom.

Estábamos en Francia, visitando tiendas, cuando nos vieron un grupo de fans. Georg y Gustav les comenzaron a dar autógrafos, la mayoría de las chicas estaban con Tom. De pronto, vi una gigante mancha de personas acercándose a nosotros.

- Chicos, miren - apunté aquella mancha.
- ¡¡Corran!! -gritó mi hermano.

Los cuatro corríamos lo mas rápido que podíamos, nos metimos por muchas calles, llegamos a una calle cerrada done sólo había una casa y, lo peor de todo, era que aquella mancha cada vez estaba más cerca. Golpeamos la puerta de aquella casa, alguien nos abrió, no preguntamos si podíamos entrar, sólo empujamos a la persona, cerramos la puerta, nos dimos vuelta y nos tiramos al piso agotados.
Una mujer comenzó a gritar el nombre de alguien desesperadamente, miramos a la escalera, por donde bajó una niña.


- Por Magenta -

Bajé las escaleras asustada, ya que Carmen me estaba llamando desesperada, cuando llegué abajo, habían cuatro chicos.

- Hija, usted conoce a estos niños, ellos son…- se quedo mirándome.
- Sí, Carmen - interrumpí de inmediato.
- Hola- dijo Tom, en inglés. Carmen sólo reaccionó a mirarme extraño.
- ¿Qué hacen aquí? ¿y qué es todo ese ruido de afuera? - miré a los cuatro.
- Son fans, por favor, dile a tus padres que nos dejen estar aquí - se levantó y se asomó por la ventana.
- Yo vivo sola, sólo estoy con mi hermano que llega más tarde- dije.
- Entonces, déjanos quedarnos unas horas aquí. Sólo un rato - dijo Gustav, se levantó y se me acercó.
- Bueno, pero sólo hasta que llegue mi hermano.

A las horas llegó mi hermano bastante asustado.

- ¡Qué pasa allí afuera! - cuestionó kurt.
- Son fans de ellos - apunté a los cuatros que estaban sentado. Kurt los miró y luego me miró a mí con cara de asombro.
- Ellos aquí... y nosotros... Parece que estás bastante enojada - dijo Kurt.
- Cómo no lo voy a estar, después de todo lo que ha pasado - miré al piso.
- Esas chicas no se van a ir tan fácilmente - Kurt se acercó a la ventana y miró impresionado.
- Lo sé, tú decides si ellos se quedan o no. Tú sabes lo que haces - estaba demasiado enojada.
- ¿Nos podemos quedar hasta que se vallan esas fans? - preguntó Tom.
- No lo sé, primero hablaré con Magenta - le respondió.
- ¿Quién es Magenta? ¿tu Madre? - Pregunto Tom a Kurt.
- Ya te dije que vivimos solos. Yo soy Magenta - miré a Kurt para que nos fuéramos a otra parte.


Capítulo 2: Es complicado

- Por Bill -

Kurt y Magenta se fueron a una habitación para hablar.

- ¿A dónde vas? - susurró Tom.
- A escuchar lo que hablan - me acerqué a la puerta, donde hablaban Kurt y Magenta.
- Tú sabes lo que haces - dijo kurt en voz baja.
- No me culpes a mí, lo dejo a tu elección - Magenta miró fijamente a Kurt.
- Pero Magenta, tú no quieres, en cambio, yo lo veo por el lado de que son...
- Sé quienes son, no es necesario que lo repitas - interrumpió, de inmediato me fui a sentar, después de todo no quería que me descubrieran escuchando.
- Tus zapatos se oyeron, Bill - dijo Tom riendo.
- Cállate - justo cuando me senté, llegó Kurt y Magenta.
- Se pueden quedar. En esa habitación dormirán Georg y Gustav; Tom y Bill dormirán en la habitación de Magenta - Magenta sólo se quedó en silencio cuando Kurt dijo estas palabras.
- ¿Y dónde dormirá Magenta? - preguntó Tom, entrometidamente.
- Eso no te importa - respondió Magenta, y se fue.

Kurt nos llevó a la habitación de Magenta, que también era de él. Era una habitación muy extraña, tenía una pared en medio, que se podía mover, no era una pared en realidad, era otra cosa… bueno, eso no es lo importante.

Magenta tenía una repisa, ahí había un álbum, lo tomé y lo comencé a ver. Dentro, habían fotos de una mujer con un niño y una niña en los brazos, por detrás decía algo que no comprendí, pero salía el nombre de Kurt y Magenta. Obviamente eran ellos dos los de la foto, la mujer, supongo, que era su madre, y, por esa razón, debo concluir que Magenta y Kurt son mellizos, ¿no?.
Seguí viendo fotos y todas eran muy divertidas y me recordaron a tom y a mi cuando pequeños.


- Por Magenta -

Cuando me levanté, sonó el timbre, fui a ver y era Carmen, que había ido a buscar a Sam -mi hermano pequeño de tres años-.

- ¿Cómo entraste? - le pregunté a Carmen, riendo.
- Me costó, con todas esas niñitas afuera, pero lo logré - respondió.

Luego Carmen se fue ha preparar el desayuno. Cuando miré a las escaleras, iba bajando Bill, lo miré y me volteé para seguir terminando mi tarea.
- Hola - dijo Bill.
- Se van hoy, ¿verdad? - le pregunté sin mirarlo.
- Por lo visto, creo que no. Aún hay fanáticos afuera, y no sabemos ningún número de teléfono para que nos vengan a buscar - se acercó a la ventana y miró hacia afuera.
- Mientras no se crucen en mi camino, estamos bien - continué haciendo mi tarea.

Bill se sentó frente a mí, y me miró por bastante tiempo.

- ¿No tienes nada mejor que hacer? - lo miré.
- Estaba buscando tu parecido con Kurt.
- Somos mellizos - dije, mientras continuaba escribiendo.
- Lo sé, pero en algo deben parecerse. Bueno, lo importante es que tengo algo más que preguntarte.
- No me molestes.
- ¿Por qué te comportas así? - preguntó.
- No me molestes - repetí.
- No me conoces, como para que te comportes así conmigo - dijo mirándome.
- Eso es lo que crees – comencé a reír.
- ¿Se supone que me conoces?
- No, pero… sé que gracias a ti y a tu hermano, mi madre murió.
- ¡¿De que hablas?! - me miró sorprendido.

En ese momento llegó Carmen para salvarme.

- Léele algo a tu hermano, para que se duerma -dijo Carmen.
- Carmen, es mediodía - intenté de no mirar a Bill, para evadir su pregunta.
- Sí, pero tu hermano no ha dormido, y está llorando porque no le puedo leer - me fui de inmediato para evadir a Bill.
- Magenta estábamos hablando - habló Bill.
- Sí, pero tengo cosas más importantes que hacer - le dije y me libré de él.

Schneckentraum - [Capítulo 20: Meetin' with you. {wenn nichts mehr geht}]

Autor: Robin

Capítulo 20 y final.

No podía creer que todo este tiempo ella también me había amado y yo no lo sabía, porque nunca se me pasó por la cabeza que la razón de sus demoras era que ella escribía hermosas líneas para mí, las cuales nunca respondí. ¡Qué imbécil! En estas tres semanas no se me ocurrió ojear, ni si quiera, uno de aquellos libros.


Ella también me miraba, desde el primer día. Ella también me deseaba… Ella me amaba hacía mucho tiempo.

Me dejé caer en la cama. Sentía impotencia y aquello me dolía aún más. De haberlo sabido antes… tal vez, yo no estaría en este lugar ni ella allá arriba. ¿Cómo cambiar el pasado? Quizás, hubiéramos salido, hablado más… de no haber sido de mi falta de cerebro, Elizabeth estaría aún aquí. Tal vez, el día de ayer, la hubiera ido a dejar a su casa, y así, hubiese impedido que la atropellaran. La hubiese detenido cuando iba a cruzar… le hubiese dado alguna precaución.

Y lloré sin más opciones, presionando el último libro contra mi pecho, sin saber qué hacer.

Al día siguiente falté a la escuela para ir al entierro de Elizabeth.

Tom había llamado por mí a la biblioteca para informarse del horario de la ceremonia. En cuanto a mamá, mi buen hermano le contó todo lo ocurrido, debido a mi deplorable estado de ánimo. Ella comprendió de inmediato y me autorizó a ir al funeral.

Intenté vestirme lo más formal posible, para llegar y pasar desapercibido en el entierro. Llovía de nuevo y tuve que ir con paraguas.

Llevé dos rosas, una blanca y una roja.

Al llegar, la mayoría de las personas allí presentes me miraron como si yo fuese un bicho raro, así me sentía, nadie del lugar me conocía. Excepto Elizabeth. Aquello me importó un comino y fijé mi mirada en lo alto, dejando que la ceremonia continuase. Todo el tiempo me mantuve al margen, no quise mezclarme entre los familiares, sencillamente me quedé de pie atrás de la multitud.

Pero esta vez no lloré, no frente a ellos, no merecían observar mi pena. Mis lágrimas caerían por sí solas en el momento adecuado.

Al finalizar el entierro, esperé alrededor de una hora para que la gente se fuera en su totalidad, para quedar a solas con el féretro, ya enterrado, de mi amada Elizabeth. Me agaché para leer detalladamente la inscripción en la piedra.

'Elizabeth Julia Sáinz Gössel. 1989 – 2005'

- Sólo dieciséis años – dije y suspiré fuertemente – Eras un año más grande que yo – sonreí – Leí todo lo que escribiste, ayer… ¿qué idiota, no? – pregunté tambaleante hacia su tumba – En fin, no… no quiero llorar Elizabeth, no quiero recordar más mis estupideces pasadas… Recordaré por siempre el día de ayer, cuando me besaste y yo lo hice también… ¿Te dije que fue el mejor beso que he recibido en mi vida? Y el mejor que he dado, porque mi beso esperaba por la persona indicada. Tú eras esa persona indicada, siempre lo fuiste. Creo que responderé cada mensaje en los libros… Te seguí, eres realmente astuta; cuando te vi en el casino me hipnotizaste completamente, te veías tan bella leyendo aquel libro. Siempre odié ese libro. Yo quería que me miraras a mí, ¡no a él! – reí - ¡Claro que iría todos los días! ¿O creías que te ibas a librar de mí? Y, ¿yo te distraía? Creo que ambos nos distraíamos sin querer… Siempre disfruté hablar contigo, incluso de vampiros, ¿cómo sabías que me gustaban? Como sea, yo también soñé contigo, muchísimas veces, así de loco me tienes – me detuve – ¿Te diste cuenta de ese horroroso gesto y te pareció adorable? – Reí – tú me eras adorable, en toda tu esencia… Amo tu sonrisa, al igual que tú la mía, ¿qué coincidencia, no?, claro, porque somos Almas Gemelas ¿no crees? –

Me detuve al fin, miré su tumba y suspiré, apenado… Había dejado ambas rosas en el suelo, las miré y las tomé con mi mano derecha.

- Mira lo que te traje – le dije, indicando las flores – no son muchas, ni muy bonitas, pero, tienen un significado importante. Démosle nuestro significado. Esta – y tomé con mi mano izquierda la rosa roja – soy yo, me simboliza. Hubiera escogido una negra, pero sé que te gustan los vampiros, al igual que a mí, el rojo simboliza la sangre, los labios rojos… ¿te mencioné que tus labios eran como los de un vampiro? Rojos, intensos. La elegí para que hiciera contraste con esta – dejé la rosa roja a los pies del sepulcro, para tomar la rosa blanca – que eres tú. Representa tu pureza, tu belleza, tu perfección. Y estas dos rosas – dejé la rosa blanca junto a la roja – te harán recordar todos aquellos momentos que pasamos en la biblioteca, aunque fueron escasos los momentos más importantes, para mí cada instante, cada minuto fue valioso, y lo más probable, es que para ti también.

- Y... te prometo que aprenderé a tocar el piano, por ahora, lo único que puedo ofrecerte es una canción, sé que querías escucharme y… pues ahí va, se llama ‘Cuando no sepas dónde ir’ –

Suspiré y comencé con la letra…

No queda nadie que de verdad me conozca
Mi mundo se rompe
Y hay un final feliz
Se supone que no lloro por ti
Sé que no somos inmortales
Sin embargo una vez dijiste

Cuando no sepas donde ir
Seré un ángel, sólo para ti
Para ti me apareceré en cada noche oscura y profunda
Y no nos volveremos a perder…

{Piensa en mí y verás el ángel que vuela a tu lado}


En esta frase, derramé una lágrima, ahora ella sería quien desde allá arriba me dijera aquello; luego cayeron varias más, pero aún así, seguí cantando… Elizabeth debía oír aquella canción entera.

Cuando finalicé, me puse de pie y simplemente le dije:
Für dich, Elizabeth, Ich Liebe Dich’ (Para tí, Elizabeth, Te Amo)
Luego, comencé a caminar lentamente para ir a casa. Tal vez, al regresar, me encontraría con ella al cruzar la calle.

Schneckentraum - [Cap. 18 & Cap. 19]

Autor: Robin

Capítulo 18: Anything heals my pain

- ...Bill, tenemos que hablar… - se puso de pie , con cuidado me atrajo hacia la cama y me senté a su lado.

No hablé.

- Bill, dime qué ocurrió, que te dijeron en la biblioteca…-
- Llegué y… - pronuncié apenas, mirando el piso, dudando – la busqué, como siempre, pero… no la encontré y, había otra chica ordenando los libros, me extrañé y le consulté a uno de los ancianos del lugar, quien me contó que ella…- me detuve.
- Vamos, Bill, tranquilo…-
- Y… - se asomó nuevamente una lágrima – me contó que Elizabeth había sido atropellada el día de ayer. – Finalicé y la lágrima cayó al piso, seguida de unas varias más.

Llevé mis manos al rostro para limpiar mis lágrimas, pero era imposible, cada vez salían más y más…

Tom se acercó y me abrazó cálidamente, consolándome…

- Eso, vamos, desahógate… prefiero verte así que muerto en vida, sin que me hubieses contado –
- No sé por qué lloro, Tom, no debería hacerlo… no saco nada con esto, llorar no me la traerá de vuelta – dije entre lastimosos sollozos.
- Ella sí que te tenía loco… - comentó ante mi comportamiento.
- Más que loco, Tom, yo la amaba, ¡la amo! Y lo haré por siempre… - limpié una lágrima que caía por mi mejilla derecha con mi mano –hoy en el autobús te mentí…
- ¿Qué? – preguntó al instante.
- Ella y yo nos besamos, ayer… - confesé y otra lágrima se asomó…
- Lo sabía… - respondió con angustia.
- Y… ahora – levanté la mirada y lo miré – no volveré a tocar sus labios nunca más, ni a verla leyendo tranquilamente, devorando con su mirada un libro, su sonrisa, ya no estará allí – exploté nuevamente en llanto descontrolado y abracé fuertemente a Tom.
- Ya, Bill… tranquilo. Si se besaron, ¿le dijiste al menos lo que sentías por ella? – preguntó.
- Sí, ¡todo! Todo, ella lo supo todo… - respondí con dificultad, ya que mis sollozos impedían que dijera la frase de corrido.
- Y… ¿ella? ¿Qué te dijo? – preguntó con gran interés, separándome de él.
- Me quería, me amaba también – limpié mi rostro y sonreí levemente.
- ¿Ves? Al menos se fue sabiendo que tú eras alguien especial… - comentó, intentando sonar algo reconfortante, intentando levantar mi ánimo caído.
- Pero se fue… - agregué cortante.
- ¿Necesitas estar solo? – preguntó ante mi actitud.

Sólo asentí con la cabeza.

- Como quieras, no quiero que estés incómodo… - dijo inclinándose para ponerse de pie.
- No estoy incómodo, sólo… necesito pensar –
- Está bien, piensa todo lo que quieras – agregó con tono acogedor, abriendo la puerta de mi cuarto.
- Gracias – sonreí.

Y cerró la puerta tras de sí.

Automáticamente una lágrima cayó nuevamente de mi ojo derecho, recorriendo lentamente mi mejilla hasta colgar de mi mentón y caer al piso

No podía hacer nada más.

Me recosté sobre mi cama, de lado, y dejé que aquellas gotas cayeran por sí solas… Todo lo que hiciera para evitarlo no era suficiente; ella ya no estaba…

Su todo; ya no estaría para recibirme como siempre en la biblioteca, para sonreírme cuando sacaba un libro, el cual ni si quiera me interesaba en leer y ella tanto demoraba en envolver, en su mesita después del angosto y largo pasillo…

Nunca abrí los libros, nunca me inmuté en si quiera sacarlos de su envoltura, nada. Sólo estaban allí, en mi escritorio, esperando ser leídos.

Y, ella siempre insistía en envolverlos, nunca me los entregó así, sin nada…

Miré desde mi posición la pila de libros: quince eran en total…

Me puse de pie y fui hacia ellos, para traerlos y esparcirlos en mi cama.

Tal vez, pensé… aquí descubriría algo, al menos, intentaría leer alguno.


Capítulo #19: Books.

Limpié rápidamente mis lágrimas y tomé el primer libro que me había traído a casa, el primer día en que vi a Elizabeth; 'Schneckentraum', el libro de caracoles.

Lo desenvolví desinteresadamente, no sabía qué hacía.

Abrí con cuidado la tapa de la portada, un papel cayó de él, se había desprendido de una frágil cinta adhesiva…

Lo tomé precipitadamente y leí lo que allí había escrito.

'Dos de Octubre. Sé que me seguiste hoy desde el casino. No creo que hayas venido en busca de este libro con la intención de llevárselo a alguien. Sé que esto es una locura, hacer lo que estoy haciendo, escribirte así, en este libro, pero la verdad es que me encantaría volver a verte. ¿Volverás a visitarme de nuevo?'. Elizabeth.

Un impulso desesperado me hizo tomar el siguiente libro, recordaba exactamente cual había sido de cada día, simplemente por el tipo de envoltura…

'Tres de Octubre. Qué amable el gesto de hoy, quizás tú provocaste que me distrajera y dejara caer los libros sin querer, gracias… por volver.'

'Cuatro de Octubre. ¿Vendrás todos los días? Eso me alegra mucho; me gusta verte aquí.'

'Cinco de Octubre. Aunque no hablas mucho conmigo, puedo leer lo que tus ojos me dicen, son realmente hermosos, como tú.'

'Seis de Octubre. Vampiros. Me gustan mucho. No sé por qué te recomiendo su lectura; tal vez para hablarte un poco más y así oír tu voz por un lápsus de tiempo más prolongado…

'Nueve de Octubre. Por fin lunes, no aguantaba las ganas de volver a verte de nuevo, no sabes cuan feliz me pone el sólo hecho de verte entrar por esa puerta…'

'Diez de Octubre. ¿Cómo te llamas? Todavía no lo sé. Por favor, habla conmigo o dame alguna señal.'

'Once de Octubre. La señora del piano habla muy bien de ti, no me explico el por qué, me ha dicho que tu nombre es Bill, Bill Kaulitz. Dice que eres un buen chico ¿tendré que creerle? Aunque aquello yo ya lo tenía más que claro desde el primer día en que entraste aquí.'

'Doce de Octubre. Hoy me hablaste más que de costumbre, sentí que aquella conversación duró una hora, disfrutando cada instante, pero fueron fugaces segundos. ¿Cantas? No puedo dejar de imaginar tu voz, ¿cómo será? De seguro, hermosa, junto a la melodía de piano, que tal vez aprendas a tocar, no lo sé, pero sería la combinación adecuada; perfecta.'

'Trece de Octubre. ¿Sabes? Anoche soñé contigo. Cada día que pasa deseo más y más poder volver a verte. A penas te vas, lo único en lo que pienso es en el día siguiente, para verte llegar de nuevo.'

'Catorce de Octubre. Me paso el tiempo observándote y tú no te das cuenta. Adoro tu sonrisa, aunque la he visto tan pocas veces, podría asegurarte que cuando me sonríes, mi mundo se llena de fantasía, ante tal bella expresión. No me canso de observarte mientras ojeas aquellos libros, claro, simulo leer para que no me descubras. Haces un gesto adorable con tus labios, los aprietas y luego los mueves hacia los lados, en un extraño conjunto con el alzar de tus cejas. Eres tan Perfecto…'

'Quince de Octubre. Durante estas dos semanas no he dejado de pensar en ti, me has vuelto adicta a ti, como una droga que no puedo dejar de consumir. No puedo estar sin verte, estoy intranquila, necesito de tu presencia. Me confundes, ¿por qué no me respondes?'


Me quedaba el último, el que había ido a buscar el día de ayer, cuando ella y yo nos besamos.

Lo tomé con temor, y leí para mis adentros…

- ‘Dieciséis de Octubre. Hoy te di la mayor expresión de cariño que pude darte, un beso, algo turbio y apresurado… simplemente no me resistí ante tal declaración conjunta. Nunca imaginé que alguien como tú; se fijara en alguien como yo. Cada palabra que salía de tu boca, cada sílaba, era pronunciada con tanta precisión. Tu manera de hablar, tan exacta para tal testimonio, para aquel relato. Lo supe desde el primer momento, cuando te ruborizaste porque te silencié, colocando mi dedo índice sobre tus labios, luego, cuando comenzaste a describir aquel misterioso libro, yo ya sabía a dónde querías llegar, sencillamente me hacía la desentendida porque disfrutaba tenerte en mi oído hablándome sobre amor, sobre nuestro amor. No sé cómo describir lo que siento en este momento; volviste a besarme, tus labios, tan suaves y delicados. El Beso Perfecto, del muchacho indicado, en el lugar indicado, con romanticismo de libros, pero era el exacto. Eres Perfecto, ¿te lo había dicho, o más bien, escrito antes? No cambiaría nada de ti… En el preciso instante en que comenzaste a hablar, con tanta armonía, tan poéticamente, cuando me besaste; sentí que todo lo que había sucedido hace tres semanas eran cosas insignificantes. Todo lo que había de cariño en mí hacia ti se desvaneció, lo borré instantáneamente, lo deseché de mi corazón. Porque no te quería, Bill, nunca te quise ni nunca lo haré.

Yo te amaba, siempre te amé y siempre lo haré.

Bill, te amo.’ Elizabeth.

Schneckentraum - [Cap. 16 & Cap. 17]

Capítulo 16: This is not True...

... Me escabullí por todos los pasillos, pero no la encontré y me detuve a mirar el cuadro que tanto llamaba mi atención. Luego de unos instantes, seguí con mi búsqueda, hasta llegar al pasillo principal, donde una muchacha subida en una escalera, ordenaba libros. Pero ella no era mi Elizabeth.

Suspiré con aire de molestia, sin saber qué hacer, hasta que la joven me dirigió la mirada y por fin habló.

- ¿Te puedo ayudar en algo? – preguntó amablemente.

Sólo negué con la cabeza, luego bajé la mirada y di la vuelta.

Comencé a preocuparme desesperadamente. ¿Dónde estaba Elizabeth? ¿Qué le había ocurrido? Sólo quería verla y ya, lo otro no importaba tal vez, ella, ¿dónde estaba? ¿Estos malditos la habrían despedido? ¿Le tocaba clases a esta hora?

Caminé lentamente hacia el sector dónde se sentaban a leer los ancianos, sin saber qué rayos hacer ahí sin Elizabeth, no comprendía, simplemente, que no estuviera allí.

Había sólo un anciano, leyendo un libro con gran interés, pero no me importó, lo interrumpí y ya.

- Buenos días – saludé cordialmente
- Hola – respondió al levantar la mirada hacia mí.
- Disculpe, ¿no vino hoy Elizabeth?
- ¿Elizabeth? ¿Es usted de la familia? – preguntó con interés.
- No, no. Soy… únicamente, bueno, un amigo – respondí con temor.

Bajó la mirada y luego me miró.

- Lo siento, pero Elizabeth tuvo ayer un accidente camino a casa, fue atropellada. Creo que el entierro será mañana o pasado, aunque no lo sé exactamente. Lo mejor sería que nos llamase… -

En ese instante mis oídos se ensordecieron, no quise seguir escuchando y salí corriendo.

Todo se volvió borroso, la voz del anciano, todo.

Esto no podía estar ocurriéndome ¡No mi Elizabeth, No! Ella no, ella no, cualquiera, mi vida, pero ella no.

Empujé a todo el que se me pusiera en camino, me importaba una m¡erda sus miradas de pena, ¡ahora lo entendía todo! ¡Todos sabían menos yo!

Me sentí morir lentamente, no podía estar pasándome esto, a Elizabeth, a ella no ¿por qué a ella? Si era tan perfecta, tan Elizabeth, ¡es!, no, no lo era, ¡es! Porque, esto era una maldita mentira… Todos habían hecho un complot en contra mía, ¡sí, eso era! Y Elizabeth no estaba muerta… ella seguía estando aquí…

Mi Elizabeth, no…

Llegué rápidamente al salón. Había sonado el timbre de entrada.

Todos me miraban, pero ni si quiera percibí sus miradas absurdas. No comprendía, no cabía en mi cabeza, aquel hecho, no, no existía, y no podía procesarlo en mi cerebro, dentro de mí, en mi corazón. Mi corazón, lo rechazaba, lo expulsaba y no aceptaba que Elizabeth hubiera fallecido, eso, no. Yo estaba aquí ¡Elizabeth!...

No me dejes solo, no me abandones… no ahora…

Ni si quiera me explicaba el hecho de que aún siguiera respirando, si ella tenía cada partícula de mi ser, cada célula, todo ello, tendría que haber muerto, claro, ahí estaba, muerto en vida. Mi corazón, era de Elizabeth, mis labios, eran de ella, mi alma.

Completa y absolutamente le pertenecía a ella.

Y ella era todo lo que yo había sido aquellas tres semanas, mi alegría, mi locura, mis nervios, mi ser, mi todo.

Sentía que yo había sido el atropellado, sentía que estaba muerto, como un fantasma sin reacción alguna, como un fantasma que no sabe que ha muerto, y aun no se da cuenta, por lo cual sigue rondando la tierra.

Mi cuerpo no se comportaba de acuerdo a mi mente, estaba simplemente allí, tirado, sentado en el banco de Bill, siendo observado por todos, en otro mundo, desconectado de la realidad de la clase de Literatura. El Bill de verdad, estaba sumido en todo lo que involucraba a su ser humano; mente, corazón, alma… Elizabeth.

Habían miles de personas, millones, ¿por qué ella? Cualquiera, menos ella. La señora que cruzaba a su lado, el chico idiota que venía en frente, el estúpido que la atropelló… tantas opciones, pero fue ella…

Al sonar el timbre, los alumnos a mi alrededor comenzaron a salir lentamente, esperando a que yo lo hiciera primero…

Me quedé sentado.

- ¿Bill? – sentí aquella molesta vocecita aguda.

Era Jenn. No le respondí

- ¿Supiste lo de la loca de la biblioteca? Esa tal Elizabeth. Por lo menos ahora no dará más lástima por los pasillos – dijo con total descaro.

Loca de la biblioteca, lástima por los pasillos…


Capítulo #17: In Despair...

Aquel comentario por fin me hizo reaccionar. Nadie, pero nadie, iba a insultar a Elizabeth en mi presencia, sin conocerla, más aun, estando ella… ausente.

Me puse de pie violentamente y la empujé.

- ¿Quién te crees que eres? ¡Tú eres la loca aquí! – Grité fuertemente, totalmente desenfrenado – ¡por favor, te crees una princesita y lo único que haces es mirarte al espejo todos los días! Elizabeth era distinta, como ninguna, ¡porque todas ustedes son unas tontas! – Me dirigí a mis compañeras - Elizabeth, era inteligente, leía, era culta, vivía en su propio mundo y ¡qué! Para algún día sobresalir de ustedes montón de imbéciles, ¡que no hacen nada más productivo en sus malditas vidas! – exclamé perdiendo el control - Elizabeth conocía de la vida, del mundo, ¡no como estos perdedores! – hablé, más bien, grité, ante mis compañeros, que me miraron con cara de yo estar loco.

- ¿Y qué tanto me ven? – pregunté a la multitud de curiosos que se asomaba por la puerta y a mis propios compañeros de salón. – ¡Elizabeth no merecía esto! ¡Ella era perfecta! ¡Ustedes, sí, todos ustedes debieron haber muerto, menos ella! No valen nada, en cambio ella sí, valía mucho, ¡mi vida! – finalicé eufórico, para salir caminando del salón, simulando tranquilidad.

Mientras todos me observaban en el pasillo.

- ¡Bill! – sentí a lo lejos una voz, pero no le presté atención.
- ¡Bill! – la escuché cada vez más cerca.
- No me interesa, imbécil – respondí fastidiado, sin si quiera conocer aquella voz tan familiar
- ¡Hey! – y alguien tomó bruscamente de mi brazo, para voltearme hacia él. Era Tom.
- ¡Suéltame, me lastimas! – grité, haciendo más escándalo.
- Yo no soy el que te lastima ¡entiende! – me zamarreó.
- ¡Déjame, no quiero hablar contigo! – dije y comencé a forcejear.
- ¡Bill, hermano, reacciona! – y me abrazó fuertemente.
- ¡Suéltame idiota, suéltame! – grité furioso y golpeé su espalda, intentando zafarme.
- ¡Cálmate, Bill! Estoy aquí, confía en mí… - me abrazó más fuerte aún, conteniéndome.
- ¡Suéltame!, suéltame…. – pronuncié a penas para rendirme, ya que las lágrimas asomaron rápidamente en mis ojos y comencé a llorar descontroladamente en su hombro – Mi Elizabeth, Tom, ¡mi Elizabeth! – dije entre sollozos – me la arrebataron, me la quitaron… se ha ido, para siempre ¡Tom, Elizabeth ha muerto! – y me quebré nuevamente en llanto.
- Bill, vamos a casa, allí estarás mejor… - dijo intentando calmarme, con voz reconfortante.

Tom había pedido una autorización para salir de la escuela, debido a mi estado, y el director, al saber la noticia de Elizabeth y Tom haberle contado que ella era mi amiga, aceptó de inmediato y nos dejó salir.

En silencio, tomamos un autobús a casa. No hablamos en todo el camino.

Estando en casa, mamá se extrañó al vernos llegar tan temprano… creo que me preguntó qué me había sucedido, no recuerdo bien, el Bill cuerdo no se encontraba allí como para darle una buena respuesta, respuesta que no querría salir de mis labios, ni si quiera rozarlos.

Subí de inmediato a mi habitación, seguido de mi hermano, quien cerró la puerta tras él y se sentó en la cama. Yo me había quedado de pie junto a ella, mirando un punto exacto en el piso que ni si quiera veía, mis ojos estaban posado allí, pero no veía; lo único que se atravesaba en mi retina era todo lo ocurrido esta espantosa mañana.

- Bill, ven aquí, siéntate – señaló preocupado.

No respondí.

- Bill, tenemos que hablar… - se puso de pie , con cuidado me atrajo hacia la cama y me senté a su lado.

No hablé.

Schneckentraum - [Cap. 14 & Cap. 15]

Autor: Robin

Capítulo 14 : After All...

...Luego se alejó y sonrió, para ir a aquel lugar que había destinado para envolver los libros que yo me llevaba

Me quedé allí unos instantes, en aquel rinconcito. No podía procesar todo lo ocurrido: acercamiento, declaración, beso robado, beso único, 'te quiero, no lo olvides…'

Sonreí, luego reaccioné al fin y salí del pasillo, para comenzar a caminar hacia el enorme mesón de 'transacción'.

Al llegar a él, un anciano que leía el diario bajó su material de lectura para asomar su mirada hacia mí por arriba de éste y mover ‘extrañamente’ las cejas, hacia arriba y abajo, con picardía; luego rió para sí y siguió leyendo el diario.

¿Nos abría visto? Pero, ¿cómo? Tal vez, se paseaba por allí, o… oyó nuestra conversación. Maldito curioso…

Pasados unos minutos, más que de costumbre, llegó por fin con mi libro envuelto.

- Aquí tienes – y me lo entregó.
- Muchas gracias – sonreí – mañana vendré por el libro que te pedí.
- Claro, el que aún no se ha escrito – respondió, como una cómplice.
- No, es el que ya comenzó a escribirse, ya lleva algo… -- Ah, sí, ese libro, mañana podemos seguir buscándolo, y quizás, haya avanzado un poco más –
- Exacto, mañana vendré por ti, digo, por el libro – me corregí y sentí que mis mejillas se tornaban rosadas nuevamente.

¿Había dicho ‘mañana vendré por ti’ frente a los ancianos? De seguro oyeron, y más aún, el del periódico…

Elizabeth rió y se sonrojó, al igual que yo.

- Hasta mañana – se despidió.
- Nos vemos – respondí, guardando el libro en mi bolso y dibujando una cálida sonrisa, la cual tuvo la misma respuesta de parte de ella.
- No lo olvides – dijo, cuando me dirigía hacia la puerta de salida.
- Tú tampoco – respondí.
- No lo haré – agregó, serenamente.
- Nunca lo olvidaré – y cerré la puerta.

Después de la escuela, subí rápidamente al autobús, sin si quiera darme el tiempo de expresarle mi total felicidad a Tom, quien no se molestó en preguntar.

Subí rápidamente a mi habitación y me encerré allí.

¡Me quería! ¡Y me había robado un beso! No, que importa querer, me había dicho en mi propio juego ¡que me amaba!

Y no paraba de pensar en ello y retorcerme el estómago con la misma sensación tan gustosa. Reía a carcajadas, sí, sólo, allí tendido en la cama, producto de mis pensamientos, producto de aquellos maravillosos recuerdos.

Nadie, pero nadie, me sacaría de la cabeza este día. Nadie podría sacarme de la mente las palabras de Elizabeth, a ella misma.

Me pasé el día encerrado en mi habitación, sólo salí a comer y al baño, nada más. Mamá se extrañó de mi actitud, pero simplemente le dije que había tenido un buen día. Tom, lo mismo que mamá, pero esta vez no logró sacarme información, al menos, hasta el momento, quizás después le contaría…

En la noche, decidí que al día siguiente la invitaría a salir, por lo cual, comencé a ensayar frente al espejo mi actuación…
- Elizabeth, ¿vas a hacer algo después de la escuela? – Pregunté al espejo, vigilando todos mis movimientos – podríamos ir a beber, eh… - dudé sin saber qué hacía – tomar un café – completé – Sólo me gustaría invitarte un café – Luego de eso, suspiré fastidiado de mi horrible interpretación y continué. – Me gustaría ir a tomar un café contigo ¿vas a hacer algo después de la escuela? -
- Quizás, te gustaría caminar, conozco un lugar muy… ¡muy qué Bill Kaulitz! – me regañé al dudar nuevamente.

Terminado mi show frente al espejo, decidí dormir, tal vez al día siguiente se me ocurriría alguna buena invitación.


Capítulo #15: Everything here is strange, ¿where are you?

A la mañana siguiente, me levanté más temprano que de costumbre, me arreglé como nunca lo había hecho, no sé para qué, ¿para parecer formal?; iba igual que todos los días, con jeans, una chaqueta de cuero y debajo una polera, luego mi cabello parado con mucho fijador y la típica chasquilla aplastada cubriendo mi ojo izquierdo. Como si Elizabeth se fuera a fijar en que hoy había estado cinco minutos más en la ducha y me había echado más perfume.

El autobús pasó por nosotros; arriba Tom por fin comenzó su interrogatorio.

- Más perfume ¿eh? – y rió a carcajadas.
- Y, ¿qué tiene? – pregunté como si no supiera la respuesta obvia.
- Esa Elizabeth, ¿no?, pero hombre, el perfume lo dejas para después…- respondió.
- ¿Por qué? – pregunté sin comprender su mensaje.
- Ay, pequeño Bill, para después, ya sabes – y movió las cejas con malicia.

Recién comprendí el mensaje de mi hermano. Era un pervertido…

- Imbécil – comenté con desagrado a su acto.
- Bueno, ¿y? – preguntó de la nada.
- Y, ¿qué? – pregunté también, escapando a sus preguntas.
- ¿Pasó ya algo entre tú y Elizabeth? – se acercó a mí con curiosidad.
- No – mentí y lo miré con extrañeza.
- Mentiroso, es imposible que no halla pasado nada– aseguró.
- Bueno, Elizabeth no es de esas lanzadas con las que tú andas cada día – reí.
- Estoy seguro de que allí hay algo – sonrió.

Llegamos al fin a la escuela, me alegraba de haber llegado.

Caminé rápidamente por los pasillos para llegar a mi salón, ya que iría a ver a Elizabeth en el período de recreo, en estos momentos, no alcanzaría a estar ni si quiera cinco minutos con ella.

En la escuela había un aire extraño, un ambiente de ultratumba, sólo se oían pasos y ligeros susurros, incluso algunos ojos curiosos me miraban con disimulo de vez en cuando, con gran atención, incluso algunos me miraban con lástima, con pena, eso pude percibir en sus miradas; las cuales me hicieron sentir incómodo, pero que simplemente ignoré, por el simple hecho de que en algunos instantes estaría con Elizabeth, mi Elizabeth y ellos, no me importarían… Ellos no cabían en nuestra historia.

Al ingresar a mi salón, todos los ojos de mis compañeros se dirigieron hacia mí. Me espanté; seguían mis pasos, todo. Me gustaba llamar la atención, pero no a ese extremo total, en que se quedaran en silencio sólo porque yo había llegado. Fue realmente estremecedor.

La clase se dio, por suerte, con normalidad, y los ojos se fueron de a poco despegando de mí…

Al recreo ¡Bendito recreo!, salí corriendo del salón, ignorando a todas las personas a mi alrededor, mi único objetivo allí, ese día, era ir a ver a Elizabeth, e invitarla formalmente a salir, a pasear, a beber algo, lo que se me ocurriera en el momento de tenerla frente a mí, radiante, sus ojos, su sonrisa, hermosa, perfecta; con su dulce sonrisa que calmaría al más desesperado, al más irritado. Y me quería, me quería y yo la quería, yo la amaba, simplemente, y mucho más… sólo que no existía en ningún diccionario una palabra más llena de todos los sentimientos que me invadían al estar frente a ella, al recordarla, al verla en mí; al tocar mis labios y recordar los suyos, tan extremadamente suaves.

Ninguna de esas malditas miradas en los pasillos me quitaría la sonrisa del rostro.

Amor a primera vista, así era, ¿mi alma gemela? Deseaba con todo mi ser que ella lo fuera… por siempre.

Al estar frente a la puerta de la biblioteca, dudé unos instantes, pero luego me armé de valentía y la abrí.

Entré.

Mi primera impresión del lugar, fue, que extrañamente no era el mismo. No oí la música clásica de la anciana del piano, simplemente escuché el tic y el tac del reloj colgado en la pared, aquel molesto ruido me angustió y eché de menos la melodía. En vez de eso, la anciana encargada de dar algo de vida con su música a aquel sitio estaba mirando el paisaje por la ventana, perdida en quien sabe qué cosa, sólo que no tocaba el piano y eso me fue de lo más raro.

Por supuesto, ella no se dio cuenta de mi presencia allí, por lo cual, seguí mi camino, en busca de Elizabeth.

Me escabullí por todos los pasillos, pero no la encontré y me detuve a mirar el cuadro que tanto llamaba mi atención. Luego de unos instantes, seguí con mi búsqueda, hasta llegar al pasillo principal, donde una muchacha subida en una escalera, ordenaba libros. Pero ella no era mi Elizabeth.