Autor: Robin
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Nota
Este fanfic está basado en el cortometraje que lleva el mismo nombre.
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'La calle está poco alumbrada, el coche circula a toda velocidad. El conductor aprieta el freno.
Demasiado tarde.'
Fui al casino de la escuela. Hacía frío y me serví lo de siempre; un café bien caliente… Cuando la vi…
Estaba en la mesa de en frente, leyendo con entusiasmo un enorme libro, al cual ni si quiera le presté atención, porque ella, sin querer, hacía que mi vista se quedara fija en su rostro… Me controlaba. La sensación que tuve en aquel momento fue realmente fuerte.
Comencé a revolver distraídamente el café con la cucharita, sin saber qué hacía, me bloqueé completamente y sólo me concentraba en ella. Estaba sumida en su lectura, a la cual incluso llegué a envidiar por ser observada por tales ojos marrones, de los cuales uno de ellos era cubierto por un mechón de su cabello, su tez era blanca como la pureza misma, y su cabello era oscuro, podría aclarar incluso que era negro, el que caía con enfermiza elegancia sobre sus hombros, sobre la chaqueta de cuero negra que los cubría… Su nariz, tan perfectamente delgada; su boca, tan roja y fina como los labios de un vampiro luego de haber saciado su sed de sangre…
Todas sus facciones se unían con tal armonía, que simplemente hacían a su rostro ser el más hermoso y perfecto rostro que jamás vi. Era hermosa.
La taza sonaba estruendosamente con el agitar de la cuchara, que iba y venía de un lado para el otro, en un acto de nerviosismo de mi parte ante tal maravilla, de la cual nunca me había percatado en todos estos años de escuela. Qué imbécil…
La taza sonaba y yo lo ignoraba por completo, no tenía tiempo de oír aquel espantoso ruido, sólo quería mirarla a ella y está… nada más.
En ese momento, el mundo giraba sólo para ella, mi mundo giraba sólo en torno a ella, lo demás no me importaba en lo absoluto… Estaba prácticamente ‘hipnotizado’ y no me esforzaba en ocultarlo, no podía.
Sentí un fuerte ardor en mi mano derecha, en la cual sostenía la cucharita del café… El dolor me hizo reaccionar de cualquier estado de ‘hipnosis’, hizo que despertara de mi sueño. Como era de suponer, al revolver tan enérgicamente el café, éste se rebalsó en mi mano y me quemó.
Sin dejar de mirarla, busqué con la otra mano un servilletero, para secar mi desastre, pero al no observar lo que hacía, éste se cayó de la mesa, esparciendo servilletas por todo el suelo. Sentí risas a lo lejos, de parte de casi todas las personas del casino, mientras, avergonzado, procedí a recoger el servilletero torpemente, fastidiado también por el mismo hecho, y bajé la mirada hacia la mesa.
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