martes, 15 de noviembre de 2011

Schneckentraum - [Cap. 8 & Cap. 9]

Autor: Robin
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Capítulo 8: ...Love?


- En casa te cuento – dije por fin y volví nuevamente mi mirada hacia el paisaje de afuera, que avanzaba rápidamente.

El autobús se detuvo en nuestra casa, bajamos tranquilamente y, a penas abrimos la puerta, ambos corrimos automáticamente a mi habitación.

- Eres un idiota – le dije a Tom, con aire de alivio, sonriendo después, al momento de sentarme en mi cama.
- ¿Idiota yo? – preguntó extrañado, sentándose a mi lado.
- Idiota, sí, porque no puedo ocultarte nada – sonreí nuevamente y le tiré una almohada.
- En ese caso, eres tú el idiota – rió, devolviendo el almohadazo.

Me tiré en la cama y sonreí, luego suspiré fuertemente.

- Su nombre es Elizabeth – liberé por fin de mis adentros.
- Ah, con que Elizabeth ¿eh?, ¿es de la escuela? – se lanzó a mi lado, apoyando su codo en la cama, para afirmar su cabeza con su mano.
- Sí, trabaja en la biblioteca – y ahí seguía yo en un ataque de emoción total, liberando cada detalle.
- ¿En la biblioteca?, no me digas a caso que te enamoraste de una de esas viejitas… - dijo en tono bromista, pero a la vez confundido.
- ¡No, tonto! – y exploté en un ataque de risa imparable, luego de haberle lanzado nuevamente un almohadazo – No en esa biblioteca, no en la que todos conocemos, en realidad en la escuela hay dos bibliotecas, y pues, ella trabaja en esta – tomé el almohadón y me encuclillé en la cama.
- ¿Chica misteriosa? – preguntó Tom, levantando graciosamente sus cejas, a la vez en que se colocaba en la misma posición que estaba yo.
- Ehh, algo así – respondí inseguro, luego continué entusiasmado – sólo la vi hoy, ¿sabes? y nunca antes la había visto en la escuela, ni de casualidad, sin embargo, ahí estaba, leyendo un libro… la seguí y llegué a la biblioteca, después le pasé un libro cualquiera para que lo envolviera y… - guardé silencio, interrumpiendo toda clase de emoción.
- ¿Y? – preguntó Tom, quien comenzaba a impacientarse.
- Y… nada – completé tímidamente.
- ¿Nada?, la invitaste a salir, o no sé, ¿le pediste su número por lo menos? – preguntó ansioso, a la vez que su paciencia se esfumaba.
- ¿Estás loco? Seremos gemelos, pero no soy tú para hacer eso – respondí, firme a mis actos.
- ¡Pequeño Bill! – dijo quejándose, llevando sus manos a su rostro – ¡así no tendrás a ninguna chica!
- ¡Es que yo no quiero a otra chica! – dije, alzando la voz – Porque, porque – tambaleé - Elizabeth no es ninguna 'otra chica', ella es especial, ella es… -
- 'Diferente', típica frase de alguien enamorado – me interrumpió, con aire de aburrimiento.
- Sí – añadí – ella es diferente, es especial es… Fue como algo, no sé cómo explicarlo, simplemente cuando la vi, sentí que era 'ella', fue una especie de 'Amor a primera vista' – comenté, sumido totalmente en mis pensamientos y el recuerdo que Elizabeth había dejado en mí.

Tom se quedó contemplándome, luego sonrió.

- ¿Bill se nos ha enamorado? – y rió.

Me sentí ruborizar.

- ¿Ves?, no debí haberte dicho – dije arrepentido, abrazando un cojín.
- Sabes que sí, tarde o temprano me lo hubieras contado – me miró con aire de ganador, luego se puso de pie – Bueno, ya supe lo que tenía que saber, ahora me voy y te dejaré a solas con tus pensamientos locos de ti y tu amada Elizabeth.
- No la amo – respondí molesto.
- Tú y yo sabemos que sí – dijo, colocando cierto énfasis y más duración en ‘sí’
- ¿Vete, quieres? – le pedí a mi hermano, sonriendo con sarcasmo.

Abrió la puerta y salió.

¡Por fin solo! Ahora podía pensar tranquilo en Elizabeth, en lo que había ocurrido hoy… en todo.

Coloqué música y me acosté sobre el cobertor de la cama, suspiré fuertemente y comencé a recordarlo todo, todo lo especial, en la biblioteca, allí, entrando por la misteriosa puerta, para que luego ella me atendiera, luego riera por mi locura de haber sacado un libro relacionado con caracoles, ¿caracoles?, por favor, ¡quién lee eso!.

Y reí al detenerme en ese momento del día.

¿Amar? ¿Era ese, quizás, mi tan anhelado ‘Amor a primera vista’?, en el que siempre soñé, el cual me parecía el amor más mágico de todos, quizás porque es una sensación que te llega de repente, no sé, supongo que así debe sentirse, algo parecido a lo que yo viví al ver por primera vez a Elizabeth. ¿Y si era eso? ¿Y si eso era… Amor? No lo sabía… no había experimentado el 'amor' de alguna manera parecida… Era todo muy confuso en mi mente, en mi corazón.


Capítulo 9: Talkin' with Elizabeth...

Iría todos los días, en busca de un curioso libro, sólo para verla… pero ¿cómo hablarle, si en mi mente sólo había espacio para ella, no para las palabras que saldrían de mis labios? ¿Cuáles serían aquellas palabras tan exactas que necesitara oír? ¿Cómo decirle que ella se había apoderado de mi ser, poco a poco?... Claro, ella que llegó a mi vida por casualidad… un día en el casino de la escuela. ¿Cómo iría a expresarme, con qué excusa? Ella, obviamente, era mi única excusa para presentarme a ojear libros sin sentido, pero ella aun no debía saberlo.

Otro día, otra visita a la vieja biblioteca.

Entré. Ella estaba ordenando unos libros, sobre una enorme escalera. Al verme, sonrió y distraídamente dejó caer los libros que sostenía en sus manos al piso. Un anciano se asomó por uno de los pasillos, luego siguió su camino.

No supe qué hacer, ella, preocupada, bajó la escalera y comenzó a recoger los libros que torpemente había dejado caer por mi presencia. Caminé rápidamente hacia ella, me agaché y deposité uno de aquellos libros en su camino, interrumpiendo su veloz trabajo. Levantó la mirada hacia mí, luego miró el libro que yo sostenía en mi mano y lo tomó, para después entregarme una amable sonrisa y ponerse de pie, siendo seguida por mí.

- Gracias – pronunció, simplemente.
- No hay de qué – sonreí.
- Soy tan torpe a veces… - rió dulcemente, bajando la mirada.
- Bueno, todos cometemos errores, pero no torpezas…
- Y… ¿por aquí de nuevo? – preguntó extrañada, levantando la vista hacia mí.
- Es que… - pronuncié a penas, estúpidamente – creo que mis amigos ya se acostumbraron a enviarme por sus libros. – terminé al fin, luego de suspirar aliviado.

¿Amigos?, como si tuviera tantos, sólo contaba con Tom y Andreas…

- Bueno, 'chico de los mandados', comenzaré a acostumbrarme en verte aquí todos los días… - sonrió de nuevo.

¿Fue aquello una insinuación? Ahora, por ella, iría todos los días… lo que ella quisiera.

- Claro, todos los días – respondí y recogí un libro del suelo.
- ¿Qué llevas hoy? – preguntó con ligera calma, de la nada.
- Ehh, no sé, creo que algo de… - leí nervioso la portada del libro que había recogido. – Hannibal, el origen del mal –
- Segunda guerra mundial – completó audazmente – leí ese libro, es estremecedor – dijo cambiando totalmente de expresión, de dulce, a angustia.
- Sí – dije no teniendo la más mínima idea del contenido de aquel libro – es, ya sabes, para un amigo… - dije tímidamente.
- Ya veo – sonrió – ¿quieres que lo envuelva? – dijo al arrebatarme el libro de las manos.
- Claro – contesté alegre.

Se fue directamente al pasillito detrás del mesón. Me quedé allí, suspiré y sonreí para mis adentros. Otro libro, otra mirada, otra palabra, y otro maldito suspiro perdido en aquel lugar, otra envoltura, otra sonrisa, pero la misma amable Elizabeth.

Apareció detrás del mesón, al verla, fui rápidamente hacia ella, me entregó el libbro en las manos.

- Ya sabes, treinta días …
- Plazo máximo de devolución – completé, interrumpiendo, luego sonreí.

Y devolvió la sonrisa.

Así, pasaron tres semanas, y junto a ellas, quince libros acumulados en mi escritorio, sin si quiera ojeados, nada, llenos de polvo ahí guardados

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