martes, 15 de noviembre de 2011

Schneckentraum - [Cap. 10 & Cap. 11]

Autor: Robin
__________

Capítulo 1O: Tree weeks; That Day


...Así, pasaron tres semanas, y junto a ellas, quince libros acumulados en mi escritorio, sin si quiera ojeados, nada, llenos de polvo ahí guardados.

Todos los días la veía, y eso hacía que sintiera más ganas aún de verla de nuevo, siempre sonreía amablemente y me recomendaba libros que, según ella, eran los mejores que había leído. Yo, sin embargo, no le prestaba mucha atención a sus pláticas culturales, bueno, en realidad sí, y mucha, pero aquello no me interesaba para nada. Sólo quería verla y ya. Oírla hablar, siempre en susurros, porque en la biblioteca no se podía levantar mucho la voz.

Incluso un día me recomendó un libro de vampiros, como si telepáticamente se hubiese internado dentro de mis pensamientos, en mi cerebro, en mis gustos y hubiera encontrado la palabra exacta: Vampiros. Me gustaban mucho, sí, y me llamó notablemente la atención que a alguien como ella le interesara aquel tema…

Pero en fin, fue una casualidad de un día cualquiera, durante las más maravillosas tres semanas de toda mi vida.

Ahora Elizabeth sabía de mi existencia inoportuna, incluso, sabía mi nombre… un día me preguntó de la nada, sin el mayor interés, al menos eso quiso aparentar.

- ¿Bill? ¿Así te llamas cierto? –
- Claro, Elizabeth, ése es mi nombre… ¿cómo lo sabes? – pregunté intrigado.
- La anciana del piano, te nombró una vez… - respondió con total naturalidad, señalando a la veterana con la mirada.
- ¿Y… te habló de mí? – pregunté a la vez aun más curioso.
- Sólo me dijo que te había oído tocando el piano con tu hermano – respondió calmadamente.
- Fue una vez, solamente – reí – no sé tocar el piano a la perfección.
- Deberías aprender, es un instrumento muy bello, y su melodía es hermosa – sonrió.
- Aprenderé – afirmé con total seguridad.
- Cuando aprendas, podrías tocar un canción para mí en aquel piano – me miró fijamente a los ojos y sonrió cálidamente – me gustaría oírte.
- Y yo gozaría cada instante – sonreí también, sintiendo que de a poco comencé a ruborizarme – también canto – dije apresuradamente.

¿Qué? ¿Le había dicho que cantaba? Claro, yo cantaba, pero, insinuárselo a ella impulsivamente no fue una de mis mejores ideas… al menos yo lo sentí así.

- ¿Cantas? – preguntó entusiasmada.
- Sí – respondí tímidamente, al mismo tiempo en que bajaba mi mirada hacia al piso.
- ¿Ves? Podrías cantarme y tocarme una canción – sonrió – ansío oír tu voz.

En ese instante me pasó el libro que había traído hacía ya bastantes minutos, empaquetado, proveniente de la pequeña mesa al final del estrecho pasillo.

Pero, la casualidad más maravillosa, la más especial y menos esperada por mí, fue la del día miércoles, de la última semana…

Llegué, como de costumbre. La música invadía el aire, todo aquel ambiente. Afuera llovía tormentosamente y yo había ingresado algo empapado, ya que en el recorrido entre la bajada del autobús y escuela, la lluvia azotó toda su furia conmigo.

Comencé a buscar a Elizabeth con la mirada, recorriendo cada mueble, cada pasillo, en su búsqueda.

Me fue muy difícil encontrarla; estaba de pie, al fondo del último pasillo de la biblioteca, en el rincón, devorando con sus enormes ojos marrones un libro enorme.

Llegué disimuladamente a su lado, muy despacio, mi intención no era distraerla en lo absoluto; simplemente disfrutaba verla leer. Me detuve a su lado, ella ni si quiera se percató de mi presencia, no se inmutó, nada, siguió ahí como si nada. De vuelta a lo mismo, saqué un libro cualquiera del gigantesco estante que se encontraba frente a mí; lo abrí y comencé a ojearlo, como siempre; no me interesaba en lo absoluto leer su contenido.

Pasados unos minutos, suspiré fuertemente, lo que hizo que ella fijara su vista en mí y sonriera.

- Bill, hola – dijo simplemente.
- Ho, Hola Elizabeth – pronuncié tambaleante; malditos nervios de nuevo – no quise interrumpirte…
- No te preocupes, no interrumpes nada – sonrió gentilmente.
- ¡Qué alivio! – exclamé.
- ¡Shhh! – y colocó su dedo índice sobre mis labios, acercándose precipitadamente a mí – recuerda que no debes levantar tanto la voz – dijo susurrando.

En ese momento, sentí una especie de alboroto dentro de mí, algo se agitaba sin control, mi corazón quería salir corriendo de ahí. Y los nervios se apoderaron nuevamente de mí.

- Gracias, lo había olvidado – dije apenas, tomando la mano que ella había depositado en mis labios, con mi mano derecha.
- No, no hay – suspiró y bajó la mirada al piso, bajando junto con ella su mano aprisionada por la mía – no hay de qué.

Sentí que volvía a ruborizarme nuevamente. Nos quedamos en silencio.


Capítulo #11: ...That Day: All about Love

- Y… ¿qué leías? – preguntó de la nada, inclinando su cabeza hacia el libro que sostenía en la mano izquierda, la que no tocó la suya… - Romeo y… ¿Julieta?- preguntó extrañada.
- Sí, creo… ¿hay algo de malo? – pregunté confundido.
- No, nada. Sólo que todos estos días has llevado libros más culturales, no de ese tipo – terminó cortante.
- De… ¿Amor? – pregunté, insistente.
- Claro, de amor – me miró y sonrió.
- Es que, a veces mis amigos se vuelven algo románticos, en especial mi hermano Tom – reí, aguantando la carcajada que produciría en mí el comentario anterior.

¿Tom, romántico? Por favor, lo veía con una chica distinta cada semana, y lo único que le interesaba era… Bueno, eso. Pobre de él, meterlo en mis mentiras por causa de Elizabeth; aunque debería agradecérmelo, le crearía una buena fama, por lo menos aquí dentro de la biblioteca, donde, por cierto, nadie lo conocía.

- Quieres que… ya sabes –
- ¿Envolver? – sonreí, sabiendo que Elizabeth haría eso, siempre envolvía mis libros – No, esta vez no, este libro no es el que busco – dije cortante, al momento en que lo dejaba en su respectivo lugar dentro del estante.
- Bueno y, ¿qué tipo de libro buscas? – preguntó interesada.
- Uno de… Amor – respondí, con mucho valor.
- ¿Amor?, pues, veamos – y se dio vuelta hacia la repisa.
- Pero, no es el tipo de Amor de Romeo & Julieta – aclaré, acercándome un poco a ella, para quedar detrás de su figura.
- Ya tengo claro que no quieres ni a Romeo ni a Julieta – rió, a la vez que sacaba otro libro, miraba su portada y volvía a colocarlo en su lugar.

Reí también

- No es un tipo de amor, porque es único – dije, intentando que ella descifrara mi mensaje.
- Todos los amores son únicos – rió tiernamente, abriendo nuevamente un libro y volviéndolo a cerrar velozmente.
- Lo sé, pero este amor es el más único de todos – susurré despacio a su oído.
- ¿Por qué? - preguntó sin si quiera mirarme, estaba pendiente de abrir y cerrar libros en busca del mío, el cual, de seguro, nunca encontraría.
- Porque ni si quiera los involucrados, los enamorados, sospechan que existe amor entre ellos – dije, lentamente en su oído.
- Bueno, son unos enamorados algo extraños –
- Más o menos, por lo menos el chico, más que la chica – reí.

Elizabeth corrió su cabeza hacia el lado contrario de la mía y rió.

- Tu voz hace cosquillas –
- ¿Mi voz? – pregunté extrañado.
- No importa, sigue describiendo... – y continuó con su trabajo.
- Bueno, este amor, es muy distinto, pero especial… - seguí.
- Y… ¿cómo le llamarías a este Amor? – preguntó, con un libro abierto en las manos.
- Amor a primera vista – susurré lentamente en su oído esta última frase.
- ¿Amor a primera vista? – preguntó, como si nunca hubiera oído ese término.
- Sí – afirmé - ¿crees en él? – pregunté y corrí un mechón de su cabello que había caído sorpresivamente.
- ¿Por qué no? – y siguió, buscando…
- El chico de esta novela, lo sintió así, amor, amor fue lo que produjo la chica en él, desde el primer día en que la vio no ha dejado de pensar en ella – le expliqué.
- ¿Sabes? Aquí no hay nada… - dijo con tono afligido y se dio vuelta hacia mí.

En ese instante, quedamos frente a frente, tal vez ella no se había percatado de mi cercanía, o yo no medí mis pasos. Simplemente nos encontrábamos allí, yo con mi mirada baja, pero esta vez no estaba puesta en el piso, esta vez mis ojos estaban directamente en contacto con los de ella, quien por cierto, era mucho más baja que yo. Elizabeth tenía sus ojos internados en los míos, incluso incrustados. No dejaba de mirarme. Nuestras respiraciones se volvieron molestas y agitadas, confundiéndose una de la otra.

Podría afirmar, incluso, que sentía los latidos del corazón de Elizabeth.

Misteriosamente no me coloqué nervioso, pero mi corazón no dejaba de latir con la fuerza de mil hombres, estaba allí, golpeando mi pecho; cada latido era mucho más potente que el anterior, más intenso. Sentía que en cualquier momento el maldito órgano saldría disparado de mí.

Conscientemente, le había declarado todo mi Amor a Elizabeth. Sentía que aquella sensación, aquella extraña sensación, todo eso, los nervios, la felicidad incontenible, los titubeos en su presencia, todo, era realmente Amor.

Y Tom tenía razón. Estaba enamorado de Elizabeth, desde el primer día.

No hay comentarios:

Publicar un comentario