Autor: Robin
...Luego se alejó y sonrió, para ir a aquel lugar que había destinado para envolver los libros que yo me llevaba
Me quedé allí unos instantes, en aquel rinconcito. No podía procesar todo lo ocurrido: acercamiento, declaración, beso robado, beso único, 'te quiero, no lo olvides…'
Sonreí, luego reaccioné al fin y salí del pasillo, para comenzar a caminar hacia el enorme mesón de 'transacción'.
Al llegar a él, un anciano que leía el diario bajó su material de lectura para asomar su mirada hacia mí por arriba de éste y mover ‘extrañamente’ las cejas, hacia arriba y abajo, con picardía; luego rió para sí y siguió leyendo el diario.
¿Nos abría visto? Pero, ¿cómo? Tal vez, se paseaba por allí, o… oyó nuestra conversación. Maldito curioso…
Pasados unos minutos, más que de costumbre, llegó por fin con mi libro envuelto.
- Aquí tienes – y me lo entregó.
- Muchas gracias – sonreí – mañana vendré por el libro que te pedí.
- Claro, el que aún no se ha escrito – respondió, como una cómplice.
- No, es el que ya comenzó a escribirse, ya lleva algo… -- Ah, sí, ese libro, mañana podemos seguir buscándolo, y quizás, haya avanzado un poco más –
- Exacto, mañana vendré por ti, digo, por el libro – me corregí y sentí que mis mejillas se tornaban rosadas nuevamente.
¿Había dicho ‘mañana vendré por ti’ frente a los ancianos? De seguro oyeron, y más aún, el del periódico…
Elizabeth rió y se sonrojó, al igual que yo.
- Hasta mañana – se despidió.
- Nos vemos – respondí, guardando el libro en mi bolso y dibujando una cálida sonrisa, la cual tuvo la misma respuesta de parte de ella.
- No lo olvides – dijo, cuando me dirigía hacia la puerta de salida.
- Tú tampoco – respondí.
- No lo haré – agregó, serenamente.
- Nunca lo olvidaré – y cerré la puerta.
Después de la escuela, subí rápidamente al autobús, sin si quiera darme el tiempo de expresarle mi total felicidad a Tom, quien no se molestó en preguntar.
Subí rápidamente a mi habitación y me encerré allí.
¡Me quería! ¡Y me había robado un beso! No, que importa querer, me había dicho en mi propio juego ¡que me amaba!
Y no paraba de pensar en ello y retorcerme el estómago con la misma sensación tan gustosa. Reía a carcajadas, sí, sólo, allí tendido en la cama, producto de mis pensamientos, producto de aquellos maravillosos recuerdos.
Nadie, pero nadie, me sacaría de la cabeza este día. Nadie podría sacarme de la mente las palabras de Elizabeth, a ella misma.
Me pasé el día encerrado en mi habitación, sólo salí a comer y al baño, nada más. Mamá se extrañó de mi actitud, pero simplemente le dije que había tenido un buen día. Tom, lo mismo que mamá, pero esta vez no logró sacarme información, al menos, hasta el momento, quizás después le contaría…
En la noche, decidí que al día siguiente la invitaría a salir, por lo cual, comencé a ensayar frente al espejo mi actuación…
- Elizabeth, ¿vas a hacer algo después de la escuela? – Pregunté al espejo, vigilando todos mis movimientos – podríamos ir a beber, eh… - dudé sin saber qué hacía – tomar un café – completé – Sólo me gustaría invitarte un café – Luego de eso, suspiré fastidiado de mi horrible interpretación y continué. – Me gustaría ir a tomar un café contigo ¿vas a hacer algo después de la escuela? -
- Quizás, te gustaría caminar, conozco un lugar muy… ¡muy qué Bill Kaulitz! – me regañé al dudar nuevamente.
Terminado mi show frente al espejo, decidí dormir, tal vez al día siguiente se me ocurriría alguna buena invitación.
Capítulo #15: Everything here is strange, ¿where are you?
A la mañana siguiente, me levanté más temprano que de costumbre, me arreglé como nunca lo había hecho, no sé para qué, ¿para parecer formal?; iba igual que todos los días, con jeans, una chaqueta de cuero y debajo una polera, luego mi cabello parado con mucho fijador y la típica chasquilla aplastada cubriendo mi ojo izquierdo. Como si Elizabeth se fuera a fijar en que hoy había estado cinco minutos más en la ducha y me había echado más perfume.
El autobús pasó por nosotros; arriba Tom por fin comenzó su interrogatorio.
- Más perfume ¿eh? – y rió a carcajadas.
- Y, ¿qué tiene? – pregunté como si no supiera la respuesta obvia.
- Esa Elizabeth, ¿no?, pero hombre, el perfume lo dejas para después…- respondió.
- ¿Por qué? – pregunté sin comprender su mensaje.
- Ay, pequeño Bill, para después, ya sabes – y movió las cejas con malicia.
Recién comprendí el mensaje de mi hermano. Era un pervertido…
- Imbécil – comenté con desagrado a su acto.
- Bueno, ¿y? – preguntó de la nada.
- Y, ¿qué? – pregunté también, escapando a sus preguntas.
- ¿Pasó ya algo entre tú y Elizabeth? – se acercó a mí con curiosidad.
- No – mentí y lo miré con extrañeza.
- Mentiroso, es imposible que no halla pasado nada– aseguró.
- Bueno, Elizabeth no es de esas lanzadas con las que tú andas cada día – reí.
- Estoy seguro de que allí hay algo – sonrió.
Llegamos al fin a la escuela, me alegraba de haber llegado.
Caminé rápidamente por los pasillos para llegar a mi salón, ya que iría a ver a Elizabeth en el período de recreo, en estos momentos, no alcanzaría a estar ni si quiera cinco minutos con ella.
En la escuela había un aire extraño, un ambiente de ultratumba, sólo se oían pasos y ligeros susurros, incluso algunos ojos curiosos me miraban con disimulo de vez en cuando, con gran atención, incluso algunos me miraban con lástima, con pena, eso pude percibir en sus miradas; las cuales me hicieron sentir incómodo, pero que simplemente ignoré, por el simple hecho de que en algunos instantes estaría con Elizabeth, mi Elizabeth y ellos, no me importarían… Ellos no cabían en nuestra historia.
Al ingresar a mi salón, todos los ojos de mis compañeros se dirigieron hacia mí. Me espanté; seguían mis pasos, todo. Me gustaba llamar la atención, pero no a ese extremo total, en que se quedaran en silencio sólo porque yo había llegado. Fue realmente estremecedor.
La clase se dio, por suerte, con normalidad, y los ojos se fueron de a poco despegando de mí…
Al recreo ¡Bendito recreo!, salí corriendo del salón, ignorando a todas las personas a mi alrededor, mi único objetivo allí, ese día, era ir a ver a Elizabeth, e invitarla formalmente a salir, a pasear, a beber algo, lo que se me ocurriera en el momento de tenerla frente a mí, radiante, sus ojos, su sonrisa, hermosa, perfecta; con su dulce sonrisa que calmaría al más desesperado, al más irritado. Y me quería, me quería y yo la quería, yo la amaba, simplemente, y mucho más… sólo que no existía en ningún diccionario una palabra más llena de todos los sentimientos que me invadían al estar frente a ella, al recordarla, al verla en mí; al tocar mis labios y recordar los suyos, tan extremadamente suaves.
Ninguna de esas malditas miradas en los pasillos me quitaría la sonrisa del rostro.
Amor a primera vista, así era, ¿mi alma gemela? Deseaba con todo mi ser que ella lo fuera… por siempre.
Al estar frente a la puerta de la biblioteca, dudé unos instantes, pero luego me armé de valentía y la abrí.
Entré.
Mi primera impresión del lugar, fue, que extrañamente no era el mismo. No oí la música clásica de la anciana del piano, simplemente escuché el tic y el tac del reloj colgado en la pared, aquel molesto ruido me angustió y eché de menos la melodía. En vez de eso, la anciana encargada de dar algo de vida con su música a aquel sitio estaba mirando el paisaje por la ventana, perdida en quien sabe qué cosa, sólo que no tocaba el piano y eso me fue de lo más raro.
Por supuesto, ella no se dio cuenta de mi presencia allí, por lo cual, seguí mi camino, en busca de Elizabeth.
Me escabullí por todos los pasillos, pero no la encontré y me detuve a mirar el cuadro que tanto llamaba mi atención. Luego de unos instantes, seguí con mi búsqueda, hasta llegar al pasillo principal, donde una muchacha subida en una escalera, ordenaba libros. Pero ella no era mi Elizabeth.
A la mañana siguiente, me levanté más temprano que de costumbre, me arreglé como nunca lo había hecho, no sé para qué, ¿para parecer formal?; iba igual que todos los días, con jeans, una chaqueta de cuero y debajo una polera, luego mi cabello parado con mucho fijador y la típica chasquilla aplastada cubriendo mi ojo izquierdo. Como si Elizabeth se fuera a fijar en que hoy había estado cinco minutos más en la ducha y me había echado más perfume.
El autobús pasó por nosotros; arriba Tom por fin comenzó su interrogatorio.
- Más perfume ¿eh? – y rió a carcajadas.
- Y, ¿qué tiene? – pregunté como si no supiera la respuesta obvia.
- Esa Elizabeth, ¿no?, pero hombre, el perfume lo dejas para después…- respondió.
- ¿Por qué? – pregunté sin comprender su mensaje.
- Ay, pequeño Bill, para después, ya sabes – y movió las cejas con malicia.
Recién comprendí el mensaje de mi hermano. Era un pervertido…
- Imbécil – comenté con desagrado a su acto.
- Bueno, ¿y? – preguntó de la nada.
- Y, ¿qué? – pregunté también, escapando a sus preguntas.
- ¿Pasó ya algo entre tú y Elizabeth? – se acercó a mí con curiosidad.
- No – mentí y lo miré con extrañeza.
- Mentiroso, es imposible que no halla pasado nada– aseguró.
- Bueno, Elizabeth no es de esas lanzadas con las que tú andas cada día – reí.
- Estoy seguro de que allí hay algo – sonrió.
Llegamos al fin a la escuela, me alegraba de haber llegado.
Caminé rápidamente por los pasillos para llegar a mi salón, ya que iría a ver a Elizabeth en el período de recreo, en estos momentos, no alcanzaría a estar ni si quiera cinco minutos con ella.
En la escuela había un aire extraño, un ambiente de ultratumba, sólo se oían pasos y ligeros susurros, incluso algunos ojos curiosos me miraban con disimulo de vez en cuando, con gran atención, incluso algunos me miraban con lástima, con pena, eso pude percibir en sus miradas; las cuales me hicieron sentir incómodo, pero que simplemente ignoré, por el simple hecho de que en algunos instantes estaría con Elizabeth, mi Elizabeth y ellos, no me importarían… Ellos no cabían en nuestra historia.
Al ingresar a mi salón, todos los ojos de mis compañeros se dirigieron hacia mí. Me espanté; seguían mis pasos, todo. Me gustaba llamar la atención, pero no a ese extremo total, en que se quedaran en silencio sólo porque yo había llegado. Fue realmente estremecedor.
La clase se dio, por suerte, con normalidad, y los ojos se fueron de a poco despegando de mí…
Al recreo ¡Bendito recreo!, salí corriendo del salón, ignorando a todas las personas a mi alrededor, mi único objetivo allí, ese día, era ir a ver a Elizabeth, e invitarla formalmente a salir, a pasear, a beber algo, lo que se me ocurriera en el momento de tenerla frente a mí, radiante, sus ojos, su sonrisa, hermosa, perfecta; con su dulce sonrisa que calmaría al más desesperado, al más irritado. Y me quería, me quería y yo la quería, yo la amaba, simplemente, y mucho más… sólo que no existía en ningún diccionario una palabra más llena de todos los sentimientos que me invadían al estar frente a ella, al recordarla, al verla en mí; al tocar mis labios y recordar los suyos, tan extremadamente suaves.
Ninguna de esas malditas miradas en los pasillos me quitaría la sonrisa del rostro.
Amor a primera vista, así era, ¿mi alma gemela? Deseaba con todo mi ser que ella lo fuera… por siempre.
Al estar frente a la puerta de la biblioteca, dudé unos instantes, pero luego me armé de valentía y la abrí.
Entré.
Mi primera impresión del lugar, fue, que extrañamente no era el mismo. No oí la música clásica de la anciana del piano, simplemente escuché el tic y el tac del reloj colgado en la pared, aquel molesto ruido me angustió y eché de menos la melodía. En vez de eso, la anciana encargada de dar algo de vida con su música a aquel sitio estaba mirando el paisaje por la ventana, perdida en quien sabe qué cosa, sólo que no tocaba el piano y eso me fue de lo más raro.
Por supuesto, ella no se dio cuenta de mi presencia allí, por lo cual, seguí mi camino, en busca de Elizabeth.
Me escabullí por todos los pasillos, pero no la encontré y me detuve a mirar el cuadro que tanto llamaba mi atención. Luego de unos instantes, seguí con mi búsqueda, hasta llegar al pasillo principal, donde una muchacha subida en una escalera, ordenaba libros. Pero ella no era mi Elizabeth.
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