Autor: Robin
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...Y Tom tenía razón. Estaba enamorado de Elizabeth, desde el primer día.
Le había relatado brevemente mi pequeña historia amorosa, con la infantil excusa de que un libro hablaba de ello… mentiras, me le estaba declarando y ella no lo notaba. En realidad, yo hacía que ella no lo notara.
- La historia que busco no ha sido escrita aún – dije, despacio, con un hilo de voz.
- Entonces, ¿por qué me haces buscarla? – preguntó, confundida.
- Tú la has buscado en el lugar incorrecto – respondí, astutamente.
- Cuéntame más de la historia, quizás pueda saber donde encontrarla –
- El muchacho al ver a la hermosa chica, la siguió hasta un lugar, lugar del cual él no tenía la menor idea de su existencia. La joven, se dio cuenta de la presencia de este chico en su espacio y decidió prestarle ayuda, pero el joven era muy tímido, y se llevó consigo sólo un recuerdo de su amada, porque, en el preciso momento en que él la vio, sintió que ella era la indicada, era ella su amor, su alma gemela. El joven se fue de aquel misterioso lugar, pero dispuesto a volver por más, a volver por su amada, aunque fuese, llevándose todos los días un recuerdo de ella… - al finalizar, coloqué una de mis manos en su nuca y la otra, en su mejilla derecha. Ella miró mi acto y puso ambas manos sobre mis brazos.
- La joven, ¿lo amaba? – preguntó, y un extraño resplandor brilló en sus ojos.
- Eso es lo que el muchacho debe descubrir… - respondí, acariciando con mi pulgar su mejilla izquierda.
- Y si la joven, le hubiese dado alguna señal…-
- El muchacho era muy torpe para descifrarla – completé. Ahora ambos escribíamos nuestra historia.
- ¿El chico, nunca, pero nunca, se dio cuenta de que la joven lo amaba? – preguntó y sentí que apretaba mis brazos con sus manos.
- Quizás porque era un idiota… - me acerqué un poco más a su rostro, para estar a pocos centímetros de ella, de sus ojos, de sus labios, de su todo.
- Esa historia no está en ninguna repisa de la biblioteca –- Porque esa historia no está escrita, está simplemente, aquí, en el viento y en sus ligeros silbidos, en la melodía del piano, esa dulce melodía. Allí está nuestra historia… -
- De amor. – completó lenta y fugazmente a la vez, en un susurro que hizo que todo en mí se encendiera, que todo se alborotara.
Aquella sensación se tornaba más fuerte, sentía que los latidos de mi corazón eran simplemente en golpe fuerte en mi pecho, no se diferenciaban los latidos de otros, era todo un uno.
Y luego de eso, apretó fuertemente mis brazos y me atrajo delicadamente hacia ella, para que nuestros labios se encontraran por fin, en un ingenuo beso robado, en el cual, ambos, instantáneamente, cerramos los ojos. Fue sólo un roce de segundos, pero los segundos más maravillosos de toda mi vida. Un roce suave, no brusco, algo inocente. Sus labios eran tan suaves como siempre los imaginé y había deseado tener, así, juntos. Los míos y los de ella, en un conjunto armonioso con la música de piano de fondo.
Y había sido ella, no yo.
¡Me amaba! Ella misma lo había dicho, ¡Elizabeth me amaba!
Ni si quiera conté cuanto duró, sólo estaba perdido, en ella, en sus labios, en su delicadeza, en su todo…
Pero, luego de unos instantes, se separó precipitadamente de mí, soltando mis brazos y sacando mis manos de su cuello.
- Debo irme – dijo simplemente, bajando la mirada y comenzando a caminar.
Me quedé allí, quieto, impactado, sin saber qué hacer… No podía creerlo, era demasiado para ser real, pero, así lo era, era real, ella me había besado.
No me podía quedar allí como un idiota sin hacer nada, reaccioné y caminé tras ella.
- ¡Elizabeth! – la llamé y tomé su mano.
Se quedó quieta, en silencio.
Luego de unos instantes, se dio vuelta hacia mí y puso su vista en mis ojos.
Aún la tenía tomada de la mano.
- No puedes hacerme esto, no puedes dejarme así – dije arrebatadoramente.
Me acerqué a ella y la atraje de la mano hacia mí. Ella simplemente me miraba fijamente, sin reacción alguna, apoyada en el estante. Luego, puse mi mano derecha en su nuca y me acerqué despacio a su rostro, a pocos centímetros de sus labios, como lo habíamos estado anteriormente… sólo que ahora yo la besé, pero no fue un beso robado, fue un beso compartido.
Ella anticipadamente había colocado sus manos sobre mis hombros.
Capítulo 13 : First Kiss; Strange feelings, Special feelings
Elizabeth no podía arrebatarme un beso así de la nada y luego irse, sin que yo pudiera darle mi respuesta a aquel robo. Maldita ladrona, pensé, que se robó todas mis pertenencias interiores con un inocente beso. No me iba a quedar así, no, haría justicia de algún modo y ése era el modo correcto.
No podía ni si quiera respirar, era algo tan fascinante. Todo dentro de mí volvía a brillar, volvía a la vida, renacía a cada instante, producto de aquel beso de historia nunca escrita, con los amantes perfectos, en el lugar perfecto, sin ojos curiosos… Estaba aquí, era real. De algún sitio había nacido en mí aquel valor incontenible y ése era el resultado, el mejor resultado que pudo haber obtenido.
No sentía ni si quiera donde estaba mi corazón, se movía hacia todos lados, estaba en todo mi ser allí, saltando de alegría con cada palpitar, con cada caricia, con cada movimiento, con todo… Era una confusión total dentro de mí, entre órganos, sentimientos, emociones y sensaciones que se revolvían, disfrutaban el momento tal como yo lo estaba haciendo.
Y Elizabeth, era tan…ella, tan molestamente hermosa, que incluso su beso me pareció el indicado, el beso perfecto. Porque, no era brusco, no era apasionado tan poco, no era un beso de películas ni de libros, porque este era nuestro beso, simplemente secreto y único, en las sombras de besos ordinarios, que brillaba más y más en mí, en mi ser, en mi alma… en ella.
En aquel beso, sus labios, ya no eran de ella, también eran míos; mis labios, eran parte de ella, éramos un algo único… Un algo único y especial que se escribía en aquel libro llamado biblioteca, en las páginas de los pasillos, en especial en el último pasillo, al final, y éste, era el capítulo primordial, el principal de toda la historia, la novela. Sin este acontecimiento, no tendría sentido venir a la biblioteca a leer la historia… no tendría sentido contársela a alguien.
El beso, era el todo en la historia. Ya no se trataba de Elizabeth, o de mí. Se trataba de nuestro beso, de nosotros. Ése algo único…
Allí estábamos, sencillamente, besándonos al final del último pasillo de la biblioteca, sin que ningún ancianito se diera cuenta, porque felizmente nos hallábamos algo ocultos del resto de ellos…
Perdí totalmente la noción del tiempo, no pude distraerme en ello, era inútil pensarlo. Sólo que el beso me pareció tan extenso y, extenso… y frágil, necesitaría mil sinónimos para reemplazar las palabras especial, maravilloso, fantástico y único, para dejar de una vez por todas de repetirlas continuamente, pero no las hallaba. Y para qué hablar de este prisionero de mi pecho, no encontraba la hora de salir de su escondite, latía sin control…
Al fin, ella se alejó cautelosamente de mí, respirando agitadamente. Luego me miró.
- Esto es una locura –
- Una locura, pero la mejor que he hecho – dije después de un enorme suspiro.
- Bueno, vas a llevar algo o… - y la interrumpí de nuevo con un beso.
- ¿Puedo llevarte a ti? – pregunté, seguido de una sonrisa.
- No – rió –
- Mmm, entonces, creo que no llevaré nada. Hoy venía por ti – sonreí.
- Eres un… raro – rió de nuevo – ¿Seguro que no quieres llevar nada hoy? – preguntó, insistente.
- Veamos… - y comencé a mirar los libros que se encontraban a la espalda de Elizabeth – creo que llevaré éste – dije tomando el primer libro que se cruzó en mi camino.
- Muy bien, lo envuelvo en seguida – me lo quitó de las manos y sonrió gentilmente.
- Hey, espera – la detuve, cuando se encontraba lista para desengancharse de mis brazos.
- ¿Sí? – respondió dulcemente.
Me acerqué a su oído izquierdo y simplemente susurré:
- Te quiero –
Ella colocó sus brazos en mi cuello y me atrajo hacia sí, para responder a mi oído:
- Te quiero, no lo olvides -
Luego se alejó y sonrió, para ir a aquel lugar que había destinado para envolver los libros que yo me llevaba.
Elizabeth no podía arrebatarme un beso así de la nada y luego irse, sin que yo pudiera darle mi respuesta a aquel robo. Maldita ladrona, pensé, que se robó todas mis pertenencias interiores con un inocente beso. No me iba a quedar así, no, haría justicia de algún modo y ése era el modo correcto.
No podía ni si quiera respirar, era algo tan fascinante. Todo dentro de mí volvía a brillar, volvía a la vida, renacía a cada instante, producto de aquel beso de historia nunca escrita, con los amantes perfectos, en el lugar perfecto, sin ojos curiosos… Estaba aquí, era real. De algún sitio había nacido en mí aquel valor incontenible y ése era el resultado, el mejor resultado que pudo haber obtenido.
No sentía ni si quiera donde estaba mi corazón, se movía hacia todos lados, estaba en todo mi ser allí, saltando de alegría con cada palpitar, con cada caricia, con cada movimiento, con todo… Era una confusión total dentro de mí, entre órganos, sentimientos, emociones y sensaciones que se revolvían, disfrutaban el momento tal como yo lo estaba haciendo.
Y Elizabeth, era tan…ella, tan molestamente hermosa, que incluso su beso me pareció el indicado, el beso perfecto. Porque, no era brusco, no era apasionado tan poco, no era un beso de películas ni de libros, porque este era nuestro beso, simplemente secreto y único, en las sombras de besos ordinarios, que brillaba más y más en mí, en mi ser, en mi alma… en ella.
En aquel beso, sus labios, ya no eran de ella, también eran míos; mis labios, eran parte de ella, éramos un algo único… Un algo único y especial que se escribía en aquel libro llamado biblioteca, en las páginas de los pasillos, en especial en el último pasillo, al final, y éste, era el capítulo primordial, el principal de toda la historia, la novela. Sin este acontecimiento, no tendría sentido venir a la biblioteca a leer la historia… no tendría sentido contársela a alguien.
El beso, era el todo en la historia. Ya no se trataba de Elizabeth, o de mí. Se trataba de nuestro beso, de nosotros. Ése algo único…
Allí estábamos, sencillamente, besándonos al final del último pasillo de la biblioteca, sin que ningún ancianito se diera cuenta, porque felizmente nos hallábamos algo ocultos del resto de ellos…
Perdí totalmente la noción del tiempo, no pude distraerme en ello, era inútil pensarlo. Sólo que el beso me pareció tan extenso y, extenso… y frágil, necesitaría mil sinónimos para reemplazar las palabras especial, maravilloso, fantástico y único, para dejar de una vez por todas de repetirlas continuamente, pero no las hallaba. Y para qué hablar de este prisionero de mi pecho, no encontraba la hora de salir de su escondite, latía sin control…
Al fin, ella se alejó cautelosamente de mí, respirando agitadamente. Luego me miró.
- Esto es una locura –
- Una locura, pero la mejor que he hecho – dije después de un enorme suspiro.
- Bueno, vas a llevar algo o… - y la interrumpí de nuevo con un beso.
- ¿Puedo llevarte a ti? – pregunté, seguido de una sonrisa.
- No – rió –
- Mmm, entonces, creo que no llevaré nada. Hoy venía por ti – sonreí.
- Eres un… raro – rió de nuevo – ¿Seguro que no quieres llevar nada hoy? – preguntó, insistente.
- Veamos… - y comencé a mirar los libros que se encontraban a la espalda de Elizabeth – creo que llevaré éste – dije tomando el primer libro que se cruzó en mi camino.
- Muy bien, lo envuelvo en seguida – me lo quitó de las manos y sonrió gentilmente.
- Hey, espera – la detuve, cuando se encontraba lista para desengancharse de mis brazos.
- ¿Sí? – respondió dulcemente.
Me acerqué a su oído izquierdo y simplemente susurré:
- Te quiero –
Ella colocó sus brazos en mi cuello y me atrajo hacia sí, para responder a mi oído:
- Te quiero, no lo olvides -
Luego se alejó y sonrió, para ir a aquel lugar que había destinado para envolver los libros que yo me llevaba.
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